Cambiar de clase | Opinión
- marzo 29, 2026
- 0
La infancia aparece poco por aquí. Digamos que su aparición suele ser estelar en un sentido trágico del término. De vez en cuando, se especula con el número
La infancia aparece poco por aquí. Digamos que su aparición suele ser estelar en un sentido trágico del término. De vez en cuando, se especula con el número

La infancia aparece poco por aquí. Digamos que su aparición suele ser estelar en un sentido trágico del término. De vez en cuando, se especula con el número de niños que se sigue cobrando la masacre de Gaza. Ahora se añaden las víctimas de Líbano. Sus vidas se pierden entre el análisis geopolítico y la subida de los carburantes. Ciento sesenta y ocho niñas fueron asesinadas en una escuela de Irán. El dibujante Enrique Flores glosó la matanza en una estremecedora viñeta: los ataúdes conformaban la bandera americana. Con odiosa frecuencia, sabemos también de las criaturas cuando caen bajo la zarpa de la violencia vicaria, término que, siendo efectivo para definir la situación, desdibuja de alguna manera su historia individual.
Esta mañana de marzo tengo ante mí a dos clases de primaria. Ocho años tienen. ¡Ocho solo!, le digo al maestro, temiéndome la dificultad. Pero ahí están todos ante mí, componiendo esa algarabía de voces agudas que les hacen sonar como pájaros. De vez en cuando, visito un colegio para no olvidarme de estos personajes, siempre secundarios, que no opinan, ni forman parte, como se dice, del consabido caladero de votos. Llega el final y uno tras otro se me van acercando con su libro en la mano. Les pregunto sus nombres. Intuyo en sus rostros y acentos los orígenes de sus padres. Deben formar parte de ese medio millón de personas que aspiran a regularizarse. Pero ellos ya están aquí, asistiendo a la escuela, adornados con nombres fantásticos. ¿Algo significativo? Ellos me dicen: significa “amor”, o “bondad”, o “príncipe”. Príncipe ya lo eres, le digo a uno. No miento; la infancia es la aristocracia del ser humano. Ya nos encargaremos de destruirlos.
Ahora sus madres están trabajando, no vienen a recogerlos; muchos de ellos no tienen casa propia, la comparten con otras familias. La Cruz Roja los acoge en un espacio para que hagan los deberes. Cuando los tienes cerca ya solas se vuelven más chiquitillos. Una me da un beso, otro me dice te quiero. Me alejo del barrio periférico en taxi y voy rumiando una especie de culpa inconcreta. ¿Qué necesitas? Buenos alimentos, médicos, sosiego, un cuarto en un hogar propio, cariño, cuidados, un lugar seguro, en paz. Hay muchos niños como estos en España, muchas periferias de las que no se habla, que no aparecen casi nunca en páginas como esta, salvo cuando protagonizan un trágico momento estelar.
Esa misma noche veo Altas capacidadesuna extraordinaria comedia de Víctor García León, película que deben ver todos los padres y madres que están en edad de educar. Tal vez se vean y no quieran reconocerse; Es duro sentir el cine como un espejo. La película narra el desarrollo de unos padres por llevar al niño a un colegio privado; aunque abrumados por el desembolso económico, se acaban rindiendo al deseo de relacionarse con esos profesionales liberales que esconden bajo algunos tópicos progresistas (sostenibilidad, diversidad) un tufo clasista con su inevitable punto de racismo.
Así es, a menudo tratamos de que los hijos cumplan nuestros sueños frustrados; otras, aunque no queramos admitirlo, deseamos educarlos para el éxito, tomando el éxito como la pertenencia a una clase superior. ¿Quién no lo querría? Todos padecemos la incertidumbre de nuestro tiempo y pensamos que hay que pavimentar desde la escuela infantil el camino hacia esa clase social a la que aspiramos que nuestro niño pertenezca. Así, la clase alta se perpetúa y la clase media se esfuerza por no quedarse atrás, aunque le falte el resuello y pueda perder la dignidad en el intento. Al final, se trata de educar a los niños creando un muro que los distinga de esa otra infancia periférica. Y todo por su bien. ¿Quién no lo haría por un hijo? Esta comedia es una descripción tan acertada del nuevo clasismo del que somos cómplices y víctimas a un tiempo que seguro que Azcona está bendiciéndola desde el cielo de los guionistas.