El problema sois vosotros
- marzo 5, 2026
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Sois muy pesados. Cargantes. Cansinos. Estáis poniendo en riesgo que sigáis todo aquello que denunciáis. Por pequeños matices. Interpretaciones. Ni siquiera es ideología porque ya no cuela. Seguís
Sois muy pesados. Cargantes. Cansinos. Estáis poniendo en riesgo que sigáis todo aquello que denunciáis. Por pequeños matices. Interpretaciones. Ni siquiera es ideología porque ya no cuela. Seguís

Sois muy pesados. Cargantes. Cansinos. Estáis poniendo en riesgo que sigáis todo aquello que denunciáis. Por pequeños matices. Interpretaciones. Ni siquiera es ideología porque ya no cuela. Seguís a lo tuyo mientras todo lo nuestro se sigue pudriendo como una vieja viga que apenas sostiene … esta casona de la que tanto sacáis pecho.
Ya ni siquiera discutís sobre el qué, sino sobre quién saldrá en la foto cuando se dice el qué. Y mientras os peleáis como niños chicos y os hacéis los dignos, con ese talante de quita y pon, el incendio se propaga de habitación en habitación, tratando de ganar el instante con un «yo lo dije primero». Da igual que el diagnóstico sea prácticamente idéntico. Da igual que repitáis las mismas palabras: «unidad, Constitución, nación, institucionalidad, límites», como si fueran los estribillos de una canción que todos conocemos. Lo que no soportáis es que el otro se lleve el aplauso. Y así lleváis años: compitiendo por la autoridad del sentido común. Es una pelea infantil por el liderazgo del enfado, del indignado. Absurdo, aburrido y, sobre todo, cómplice. Y así nos va.
Uno se pone solemne y habla de responsabilidad histórica. El otro frunce el ceño y denuncia la traición permanente. Y entre la solemnidad y el ceño fruncido van pasando los días, las semanas y los meses y, en definitiva, las legislaturas. Parecéis dos gallos en un mismo corral demasiado pequeño, convencidos de que el problema es el otro gallo y no el granjero que nos está dejando a todos sin huevos. A vosotros, los primeros. Porque mientras vosotros discutís quién representa mejor a los que están hartos, el que realmente gobierna se frota las manos. No tiene que hacer gran cosa. Solo esperar. Esperar a que volváis a pelearos por una coma, por un titular, por quién lidera la manifestación o quién sale primero en el atril. Y mordisqueáis sus zanahorias sin entender cómo habéis llegado de nuevo al punto donde él os quería.
Porque él sí ha entendido algo muy sencillo: que tu rivalidad es su seguro de vida. Cada uno con su parroquia, cada uno con su micrófono, cada uno convencido de que el verdadero obstáculo es el vecino y no el tipo que gobierna bajo la mentira y la corrupción. Os llaman fachas y os coloreáis. Os ponéis rojos como un tomate. Pero él puede hacer pactos con todos, incluyendo a los herederos de la barbarie terrorista más reciente de España. Y se ríe. Y os llama fachas. Y extremos. Y todo.
Mientras tanto, el presidente observa la escena con la tranquilidad de quien sabe que la oposición está demasiado ocupada peleándose entre sí como para molestarlo de verdad. Y tiene razón. Porque cuando dos partidos que dicen querer lo mismo se comportan como si se odiaran más entre ellos que a aquello que denuncian, el problema ya no es el adversario. El problema sois vosotros.