June 4, 2026
opinión

Un elefante en la UNAM

  • abril 25, 2026
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lo que se narra a continuación sucedió en Ciudad Universitaria (CU), uno de tantos sábados de 1973, anteriores a junio –lamento no poder precisar–, apelo a mi memoria.

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o que se narra a continuación sucedió en Ciudad Universitaria (CU), uno de tantos sábados de 1973, anteriores a junio –lamento no poder precisar–, apelo a mi memoria. Era la última época en la que la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) trabajaba medio día los sábados, antes de instaurarse el descanso sabatino. Yo era un abogado recién formado, soñaba con ser profesor en la institución, y, mientras ese día llegaba, me ocupaba como maestro de civismo en un instituto privado de varones, ubicado en la zona céntrica de Tlalpan. El plantel, que todavía existe, es el Inhumyc, incorporado a la UNAM; y, desde cero, encabecé las clases en varios grupos, cada uno con alrededor de 30 estudiantes de primero y segundo de secundaria.

Aunque en esos días tenía inquietudes educativas, no conocía siquiera el apellido Freinet. A mi ignorancia pedagógica se sumaba una gran inexperiencia, y aunque procuraba que los chicos participaran con libertad en el salón de clase, apareció muy pronto el aburrimiento, traducido en la dicha indisciplina. ¿Qué hacer en esas condiciones? El instituto contaba con un hermoso jardín, cuya vista se dominaba desde las salas de clase, inspiraba paz. De ahí que un buen día, sin decir agua va, me llevé a un grupo y nos sentamos en el pasto a hablar de alguna de las cuestiones del temario. Al día siguiente fui citado en la dirección: “¿acaso no sabe el profesor para qué son los salones en los que tanto dinero se invirtió?” ¡Adiós al jardín de ornato!

¿Qué hacer para darle vida a la clase, sin conocer los planteamientos de Freinet? La respuesta llegó pronto. El primer curso comprendió el tema titulado “La Universidad”, y, en esa época, hablar de la universidad, inequívocamente, era hacerlo sobre la UNAM. Decidí trasladarme con los chicos a CU, para que conocieran la universidad. in situpero, para superar la rigidez horaria escolar, la visita tuvo que ser un sábado (de manera absolutamente voluntaria, con conocimiento de la escuela y autorización de los padres de familia). En clase, los días anteriores, formamos cuatro o cinco equipos con igual número de niños, cada uno tendría unos 12 años. Les sugerimos que, con la ayuda de sus familiares, vecinos o amistades, seleccionen algún asunto vinculado con la universidad para tratarlo durante la visita. Así de simple y genérico.

Ya en CU, lo recuerdo como si fuera ahora mismo, en la explicada cercana a la Biblioteca Central acordamos como tiempo de duración de la actividad unas tres horas, e inmediatamente después se marcharon con la consigna de regresar puntualmente con resultados. Con la mirada pude distinguir hacia dónde se dirigieron algunos de los equipos, pero no dos de ellos. A un equipo lo pude alcanzar en la torre de la rectoría (cuando todo el mundo podía entrar libremente, ¡tiempos aquellos!): estaban interesados ​​por indagar cuestiones de funcionamiento y gobierno de la universidad. Lograron que algún funcionario los atendiera. Otro equipo se adentró en la entonces Escuela Nacional de Arquitectura, y también alcanzó sus propósitos. Los del tercer equipo se desplazaron a la Facultad de Química con la finalidad de visitar un laboratorio, y lo cumplieron. Los dos equipos restantes actuaron muy rápido, los perdidos de vista, únicamente alcancé a distinguir que caminaron en dirección de la Torre de Humanidades, pero no logrará ubicar su destino.

Pasado el tiempo, comenzó a regresar. Muy puntuales estuvieron los primeros tres equipos. Pero ¿qué sucedió con los otros dos, por qué no estaban a tiempo? Los 15 minutos o media hora de tardanza se me hicieron eternos. Finalmente, dieron señas de vida los integrantes del cuarto equipo. Entre entusiasmados y asustados, nos hicieron ver que venían de la Facultad de Medicina; un familiar de alguno de ellos trabajaba en la entidad y les facilitó el acceso al anfiteatro; algún muchacho disfrutó del momento, pero la mayoría estaba impresionados por haber visto cadáveres. Seguía pasando el tiempo y el quinto equipo no regresaba, comencé a ponerme nervioso. De pronto escuché que algunos advertían: “ahí vienen, ahí vienen”! Y, efectivamente, dando brincos se aparecieron felices y con esta consigna: “profe, hay que regresar todos juntos a donde el elefante”. Molesto, como estaba, ni intenté entender lo que expresaban: “Sí, dije, vamos a regresar, pero cada uno a su casa, no ven que sus padres los estarán esperando dentro de poco tiempo, ya llevamos retraso”. Me falta decir lo esencial: los críticos habían ido a dar, no sé por qué artes, a la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia, y se encontraron con la grata sorpresa de que ese sábado se estaba realizando la autopsia de un elefante, pero tuvieron que suspender esa intensa vivencia, pues tontamente frené su prolongación, y en lo personal perdí la oportunidad de presenciar aquello. Hoy más que nunca me arrepiento de no haber sabido escuchar a mis estudiantes; eso también forma parte de mis tanteos docentes.

Casi 50 años después, en octubre de 2022, saqué a relucir el episodio del elefante en una sesión del Seminario Freinet, en el posgrado de pedagogía, en uno de los salones de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. En ese curso participó Esteban Riaño, estudiante colombiano en estancia de intercambio. Fue él quien más se interesó en el asunto, no daba crédito de lo que les contaba: niños completamente libres, correteando a través de los campos de Ciudad Universitaria, en busca de algo desconocido.

Calificó mi proceder como arriesgado, pero de buen sentido, encaminado con confianza a un trabajo cooperativo, dignificante y gozoso, y me recomendó que, por ningún motivo dejase de escribir lo que el amable lector tiene ante sus ojos. Dedico estas rayas a Esteban ya mis estudiantes de secundaria, ahora hombres sesentones, quienes seguramente no habrán olvidado esa experiencia.

Coletilla: hace unos meses me propuse información sobre aquella autopsia en los archivos de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia, sin resultados. No quedó vestigio para identificar al elefante: nombre propio, sexo, edad, talla, peso, enfermedad o causa de muerte; su procedencia de algún zoológico, circo u otra fuente, y demás señas de cuándo fue la necropsia, ni de cómo y por qué el animal fue adquirido por la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia. Luis Palazuelos Plata pudo haber sido el profesor encargado de la disección, pero no lo localizó. Algunos de esos datos, seguramente habrán constatado en las notas recabadas por los chicos.

¡Elevemos la mirada de la educación!

* Profesor en la UNAM