Lucía Prieto Godino, la científica que ha transferido un comportamiento de una especie a otra | Ciencia
abril 19, 2026
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El cerebro de una mosca tiene el tamaño de un grano de arena, pero la neurocientífica española. Lucía Prieto Godino está convencida de que ese órgano diminuto esconde
El cerebro de una mosca tiene el tamaño de un grano de arena, pero la neurocientífica española. Lucía Prieto Godino está convencida de que ese órgano diminuto esconde claves del colosal sistema nervioso humano, capaz de crear El Quijotela vacuna de la viruela y la pirámide de Keops. La investigadora, nacida en Madrid hace 42 años, dirige en el Instituto Francis Crick de Londres su propio laboratorio, dedicado a estudiar los circuitos neuronales: las conexiones entre células de las que dependen los pensamientos, los recuerdos y los comportamientos. «En los últimos años hemos aprendido muchísimo sobre cómo funciona el cerebro, pero todavía no entendemos casi nada sobre cómo evoluciona. Esa es la gran pregunta de nuestro laboratorio», proclama.
La cuestión es trascendental. Los cerebros de una persona, un caballito de mar, una avispa, una cabra o un tucán son tan diferentes como sus conductas. Son tan distintos que es impracticable compararlos y sacar conclusiones. Prieto Godino ha optado por examinar animales mucho más cercanos y sencillos: diferentes especies de moscas que, a simple vista, parecen idénticas, pero actúan de maneras muy diversas. «No es que nos interese lo que hacen las moscas. Si averiguamos cómo evolucionan metálicas sus cerebros, estaremos un paso más cerca de entender cómo evoluciona nuestro propio cerebro», subraya la neurocientífica, sentada en el Puente Monumental de Arganzuela, una pasarela madrileña cuya forma, una doble espiral, recuerda a la estructura del ADN. Es su barrio de toda la vida.
La neurociencia moderna, con un siglo y medio de historia, sigue en pañales. El primer mapa completo del cerebro de un animal, presentado en 2023, fue el de la larva de la mosca de la fruta. Uno de sus autores principales fue otro investigador español en Reino Unido, Alberto Cardonadel legendario Laboratorio de Biología Molecular de Cambridge, con 16 científicos ganadores del Nobel, ocho veces más que toda España. Aquel atlas pionero desnudó una estructura con apenas 3.000 neuronas y medio millón de conexiones entre ellas. Un consorcio internacional logró un año después el primer mapa de un cerebro adulto: el de la propia mosca de la fruta, con 140.000 neuronas y unos 55 millones de conexiones entre ellas. Son avances mayúsculos que empequeñecen ante el descomunal desafío pendiente, un millón de veces más complejo: el cerebro humano, con 86.000 millones de neuronas y billones de conexiones entre sí.
“Queremos entender cómo evolucionan los circuitos neuronales: cómo puede ser que diferentes animales tengan diferentes cerebros y diferentes comportamientos”, señala Prieto Godino, también fundadora de Tendenciauna ONG que apoya a científicos africanos. La investigadora ha escogido dos especies de moscas separadas por 10 millones de años de evolución: la mosca de la fruta o Drosophila melanogasterque come lo que le echen; y un pariente de África occidental que se alimenta casi exclusivamente de los frutos de un arbusto endémico de la región, la Drosophila erecta. Al comparar los mapas de sus cerebros, el equipo de Prieto Godino ha observado que sus distintos comportamientos no se deben a un cambio en el tipo de neuronas, ni siquiera en su número, sino en cómo se conectan las unas con las otras, sobre todo en algunos puntos críticos.
Un equipo de investigadores japoneses hizo un anuncio asombroso en agosto de 2025. El grupo, de la Universidad de Nagoya, logró por primera vez transmitir un comportamiento de una especie a otra, mediante la manipulación de un solo gen. En su caso, detectaron la clave genética del peculiar ritual de aparición de la mosca. Drosophila subobscuraen el que la hembra, para aceptar la cópula, requiere que el macho regurgite el alimento directamente en su boca. En la Drosophila melanogaster no se observa este comportamiento innato, sino que el cortejo se basa en la musicaen sonidos emitidos por los machos con la vibración de sus alas. Al activar un gen maestro en determinadas neuronas, los científicos japoneses hicieron que los machos de Drosophila melanogaster comenzando a regurgitar en la boca de las hembras antes de copular. Sus resultados se publicaron en la revista Cienciauno de los referentes de la ciencia mundial.
Lucía Prieto Godino, en el Puente Monumental de Arganzuela, en Madrid.Álvaro García
El laboratorio de Lucía Prieto Godino había logrado un éxito parecido incluso antes, según confirma su colega Albert Cardona. La investigadora y su equipo no solo analizaron por qué la mosca de África occidental tiene esa preferencia tan marcada por un fruto concretosino que consiguieron transferir esa predilección caprichosa. Hicieron que la comelotodo mosca de la fruta, la Drosophila melanogasterse obsesionara con ese fruto africano, mediante cambios en sus conexiones neuronales. “Hicimos experimentos en los que manipulamos genéticamente las moscas para intentar transferir el comportamiento de una especie a otra y lo conseguimos”, afirma Prieto Godino. Sus resultados todavía no se han publicado en una revista especializada, por lo que están pendientes de revisión por la comunidad científica.
La investigadora española es consciente del abismo evolutivo que separa a las moscas de las personas, pero busca principios generales ancestrales en la organización del cerebro. “Las moscas tienen el 75% de los genes que causan enfermedades en humanos”, argumenta. La historia le da la razón. El estadounidense Thomas Morgan comenzó en 1909 a hacer cruces de moscas Drosophila melanogaster para intentar entender los mecanismos de la herencia de padres a hijos. En 1933 ganó el Nobel de Medicina por demostrar que los genes están almacenados en los cromosomas dentro del núcleo de las células.
Hay media docena de Premios Nobel concedidos a científicos que se asomaron a las moscas para intentar entender al ser humano. El estadounidense Hermann Müller Ganó el Nobel de 1946 por descubrir que la radiación de rayos X provocaba mutaciones, gracias a sus experimentos con moscas. En 1995, la alemana Christiane Nüsslein-Volhard y los norteamericanos Edward Lewis y Eric Wieschaus fueron galardonados con el Nobel por iluminar el control genético del desarrollo embrionario. De nuevo, con moscas.
Los ejemplares de Drosofila También fueron clave en los premios de 2004 a los estadounidenses Linda Buck y Richard Axel, por averiguar. la organizacion del sistema olfativo. Otro compatriota, Julio Hoffmanninvestigó cómo combatir las infecciones estos insectos y acabó ganando el Nobel de 2011 por destapar los entresijos de la inmunidad innata. Finalmente, los norteamericanos Jeffrey Hall, Michael Rosbash y Michael Young se llevaron el Nobel de 2017 tras descubrir, en las moscas, los mecanismos moleculares que controlan. el ritmo circadianoese reloj interno que se adapta al ciclo natural de luz y oscuridad. Con esos antecedentes se aprecia mejor la dimensión del logro: transferir un comportamiento de una especie a otra, ya sea la predilección por un fruto o un cortejo con regurgitación.
― ¿Es imaginable transferir un comportamiento a un ser humano?
― Esa pregunta tiene dos partes. Éticamente, no, obviamente. Científicamente, es algo que está tan lejano… Ni siquiera entendemos bien cómo funcionan los circuitos neuronales de la mosca, como para entender a los humanos. Primero hay que entender muy bien cómo funciona todo, antes de poder pensar en transferir.
―O sea que los científicos no van a hacer que regurgitemos antes de copular.