El día de Julio Camba.
- marzo 30, 2026
- 0
Lo encontré protegido por un plástico, entre un montón de periódicos olvidados en el suelo de una caseta en la Feria del Libro Antiguo de Valladolid, entre el
Lo encontré protegido por un plástico, entre un montón de periódicos olvidados en el suelo de una caseta en la Feria del Libro Antiguo de Valladolid, entre el
Lo encontré protegido por un plástico, entre un montón de periódicos olvidados en el suelo de una caseta en la Feria del Libro Antiguo de Valladolid, entre el Campo Grande, la Academia de Caballería, la casa en la que nació Delibes y la estatua de … Colón, un conjunto de bronce que nos dio por regalar a La Habana media hora antes de que perdiéramos Cuba. Así que el regalo acabó en casa, claro, recordando lo que pudo haber sido, algo muy vallisoletano. Lo encuentro, por lo tanto, en el corazón de España: ‘El día de… Julio Camba’, un número extraordinario de ABC del 17 de noviembre de 1930. O eso parece, porque la fecha está escrita en lápiz y en el archivo de ABC no aparece, lo cual hace del hallazgo algo aún más interesante.
Y no solo por el fetiche sino porque hay hallazgos que sirven para entender a un hombre. Lo que iba a ser la celebración de un escritor consagrado acaba siendo el retrato involuntario de una tristeza, la del gran Camba, el cronista brillante, el maestro de la ironía y el hombre celebrado por su ingenio dando paso, sin pretenderlo, al otro Camba, el ensimismado, el desacompasado con la vida y el que se defiende del vacío convirtiendo la burla en burladero. Así lo vemos en la cama, fumando y desordenado; en cafés, paseando, despidiéndose sin despedirse; jugando al billar, conversando y moviéndose con ese aire suyo de observador que, con su huida de ‘flâneur’, trata de ocultar una desolación crónica. Y hay algo moderno en esa imagen: Camba rodeado del mundo, pero separado de él; con éxito, prestigio y lectores, pero viviendo en una urna, como si la inteligencia, a partir de un grado, dejara de ser ventaja para convertirse en condena. Se diría que Camba lo había entendido todo demasiado pronto: la farsa social, la vanidad de las ambiciones y la dificultad de tomar nada en serio. Y después de eso, ¿qué le queda a un columnista? Solo el chiste, la distancia y la frase perfecta.
Es decir, la intemperie. Ese es el Camba que Antoniorrobles muestra, el que asoma por las grietas del homenaje, el solitario, el escéptico, el hombre triste que no espera nada y que convierte la decepción en estilo. Por eso escribía así: esa ligereza no era frivolidad sino salvavidas y, bajo el articulista genial, el hombre solo. Ahí reside la verdad más perturbadora del hallazgo, que el éxito no salva, que la fama no acompaña y que se puede ser Julio Camba, tener lectores, prestigio y talento y seguir arrastrando la tristeza como una harropea, el cansancio como un grillete y la extranjería como una losa. «Mi día es condicional», dice. «Yo lo que quiero es que el día siguiente sea el primero de una vida nueva». ¿Quizá en una caseta, protegida por un siglo y olvidada en el suelo de una feria de provincias? Hay en la vida derrotas tan bellas que nadie querría otra cosa.