El botellón cofrade
- marzo 29, 2026
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Entre los naranjos estallados de las casas blancas, el orín. Sonido de chorros en la oscuridad de los callejones. Vasos por el suelo. La plaza atestada de botellas
Entre los naranjos estallados de las casas blancas, el orín. Sonido de chorros en la oscuridad de los callejones. Vasos por el suelo. La plaza atestada de botellas
Entre los naranjos estallados de las casas blancas, el orín. Sonido de chorros en la oscuridad de los callejones. Vasos por el suelo. La plaza atestada de botellas rodantes. Vocerío confundido con el golpe de tambor. Las escenas eran atroces. Delante del Señor de la … Misión del Claret, el botellón. No sé en qué momento se ha confundido todo hasta llegar a esto, no sé cuál ha sido el punto de inflexión que nos ha traído las sillas del chino, las pipas bajo los pies descalzos de los penitentes, las legiones sentadas en los bordillos impidiendo el paso a los que cruzan, la borrachera delante del misterio. No lo sé.
La banalización de la Semana Santa es un fenómeno en auge que ataca por muchos flancos: la marabunta para asistir al recital de la banda sin mirar a Cristo, la saturación de nazarenos que no han ido jamás a los cultos de la hermandad, la costaleritis, las vallas… Es un fracaso de todos que se restrinja la labor de los bares para evitar excesos, pero lo es más aún que esos excesos se llevan a cabo esquivando las prohibiciones. En los últimos años hemos visto cómo se obligaba a dejar de despachar cerveza a las tabernas durante el paso de las cofradías mientras un vendedor ambulante se hinchaba de vender latas con su nevera de poliespán y su carrito de playa. Da la sensacion de que nada tiene sentido. ¿Esto es esplendor u ocaso? Qué paradoja: cuando más gente acude a las cofradías de toda la historia, más lejos parece quedar la Semana Santa de su verdadera razón de ser. Hay que abrir las puertas a Dios, pero también hay que reflexionar un poco.
El botellón de Heliópolis es la estampa más cruda que he visto en muchos años. No creo en el inmovilismo rancio que todo lo critica, pero tampoco en la laxitud extrema que todo lo justifica. Sevilla es la ciudad de la medida. Debe estar abierto a los cambios sociales, a los usos y costumbres de las nuevas generaciones, a las nuevas formas de acercarse a los pasos. Pero orinar a diez metros de un cortejo es un problema severo de educación. No tiene nada que ver con el desarrollo de la sociedad.
Es lógico que mucha gente no sepa callejear por zonas a las que sólo se va ya para ver una cofradía, está bien que incluso se usa el Google Maps para llegar hasta un paso y hasta se puede entender que con la situación salarial actual mucha gente opta por la mochila, el bocadillo o el botellón. Pero no cuesta nada hacerlo con respeto, guardando silencio cuando llega la cruz de guía y cumpliendo las normas elementales de civismo. Porque corremos el riesgo de trivializar una celebración que está basada en la hondura espiritual y que admite, por supuesto, espectadores que no tienen una inquietud religiosa sino turística o artística. Lo que no admite es un desprecio peor que el de Herodes. Y lo más triste de todo: una justificación para que las administraciones públicas nos organicen lo que durante tantos siglos hemos sabido hacer nosotros solos. Gracias a Dios.