Dimitir
- marzo 5, 2026
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Una nota indisolublemente ligada a los regímenes democráticos maduros es sin duda la coherencia del poder con las decisiones de sus dirigentes. Y así como éstos rentabilizan electoralmente
Una nota indisolublemente ligada a los regímenes democráticos maduros es sin duda la coherencia del poder con las decisiones de sus dirigentes. Y así como éstos rentabilizan electoralmente
Una nota indisolublemente ligada a los regímenes democráticos maduros es sin duda la coherencia del poder con las decisiones de sus dirigentes. Y así como éstos rentabilizan electoralmente sus aciertos, también han de dar cuenta de sus errores. El ejercicio del poder no admite la … impunidad. Su función, además de la ejemplaridad, exige la responsabilidad de quienes lo ejercen. Y éstos han de dar cuenta a la ciudadanía tanto de sus logros como de sus carencias y sus desaciertos. En este último caso la acción obligada recibe el nombre de dimisión, un instrumento habilitado por las democracias para desautorizar a quienes no responden a las exigencias que son aplicables a todo buen gobernante. Dimitir es una decisión benéfica, una forma de sanar la acción política, y en el fondo de asegurar de la limpieza moral que ésta pide para el buen funcionamiento democrático. Perder el poder por decisión propia supone escenificar ‘coran populo’ la incoherencia de aquel que no cumple con sus promesas o que proyecta sus acciones hacia el incumplimiento de las reglas de juego que informan la convivencia y aseguran el futuro del país dentro del marco normativo que éste se ha dado.
Las democracias occidentales nos tienen acostumbrados a las dimisiones de sus gobernantes. Hay una gran variedad de situaciones. Un día es un ministro que había plagiado algún pasaje de su tesis doctoral. Otro, un dirigente implicado en un asunto turbio. Y otro, alguien que no ha cumplido con las promesas hechas a sus electores. Un diligente automatismo político obliga a renunciar al cargo de manera inmediata a aquellos gobernantes que son cogidos en un renuncio o que no han cumplido con las exigencias exigidas por la ciudadanía.
Pero también en esto la España actual es diferente. Aquí no dimite a nadie por mucho que la demanda social lo solicite perentoriamente. El apego al sillón del poder es más fuerte que la obligación de responder a esa demanda. Esta incoherencia refleja, por parte del poder constituido, una mentalidad impune, una conciencia autoritaria incompatible con la esencia de un régimen democrático, la convicción de que el poder es un patrimonio del gobernante y no una concesión libremente otorgada por los gobernados. En el fondo, se trata de un atentado a la moral pública, un déficit democrático más propio de los regímenes autoritarios que de los estados de derecho.
Hace mucho tiempo que en España la clase política en el poder no se ajusta a esta exigencia de un régimen democrático. Añoramos la coherencia que se mostró en la Transición Adolfo Suárez o Felipe González. Y la decisión, en los prolegómenos del gobierno de Pedro Sánchez, del escritor Maxim Huerta, que duró sólo siete días como ministro. Pero se ve que nuestro presidente ha renunciado a esta actitud sanadora de la democracia y se empecina en mantener a toda costa a sus ministros. Tiene una visión patrimonial del poder, un talante autoritario que hace del poder no una delegación de los ciudadanos sino una posesión personal y privativa de sí mismo. Alimentando su ego, se jacta de proteger a sus ministros contra toda evidencia. Y en la medida en que se ejercita en esta anomalía, la convivencia española se resiente de la ausencia del sano mecanismo dimisionario, una garantía de la normalidad de las democracias de nuestro entorno.
El caso más palpable y más actual es el del ministro responsable del transporte público, cercado por sus incoherencias y sus contradicciones al hablar de la tragedia de Adamuz. La petición de dimisión es de tal alcance y tal unanimidad que su permanencia en el poder no se explicaría en cualquier democracia madura. Su patética aparición en las ruedas de prensa y en otros medios de comunicación está poniendo a prueba la paciencia de los españoles y violando el espíritu de un régimen de libertades. Es la encarnación de una visión personalista del poder, la conciencia de impunidad que define el talante de Pedro Sánchez. Si dimitir es una acción benéfica propia de la moral política, aferrarse al poder a toda costa es un signo de incoherencia que atenta contra esa moral, la expresión de un abuso antidemocrático y nocivo.
Es catedrático emérito de la Literatura Española