Últimamente observo una tendencia que me preocupa; pareciera que pensar por uno mismo ha pasado de moda, tristemente. Desde mi experiencia, aclaro, el “borreguismo” (seguir sin cuestionar, repetir sin procesar, aplaudir sin entender) se ha vuelto la nueva forma y más fácil manera de pertenecer.
En mi generación, ser independiente de pensamiento era motivo de orgullo. Te formabas una opinión, la defendías, debatías, te equivocabas y aprendías en el proceso. Hoy, sin embargo, muchas personas, sobre todo jóvenes, parecen vivir con un miedo silencioso a disentir. Les aterra decir “no estoy de acuerdo” o “lo veo distinto”, porque hacerlo puede costarte algo más caro que la razón: la aceptación del grupo.
Creo que vivimos tiempos en los que el aplauso se confunde con la verdad, y el número de seguidores se confunde con el criterio. En redes sociales, los discursos se multiplican sin filtros y las ideas se comparten en masa como si el pensamiento propio fuera de un riesgo. Pero, queridas y queridos amigos, desde mi perspectiva el verdadero peligro no está en equivocarse al pensar, sino en dejar de pensar por uno mismo.
El “borreguismo”, como yo le llamo, no es un tema nuevo. Ha existido en distintas épocas y contextos. Lo distinto ahora es su velocidad y su alcance. Antes, las corrientes de opinión tardaban años en formarse; hoy basta un tuit, un video viral, una tendencia o una frase de moda para que millones repitan el mismo argumento sin detenerse a analizarlo. Y no porque crean firmemente en él, sino porque temen quedarse fuera del rebaño.
Y es que ser parte del grupo da cierta comodidad, ¿no? No tener que decidir, no tener que pensar, no tener que cuestionar. Seguir la corriente puede dar la sensación de seguridad. Pero no es seguridad, ¡es una trampa! Te aleja de tu autenticidad, te apaga la voz, te acostumbras a depender de otros para saber qué sentir, qué opinar, qué hacer…
He aprendido que detrás del “borreguismo” suele esconderse una herida silenciosa: la falta de autoestima. Cuando no confías en tu propia mirada, necesitas que alguien más te diga qué ver. Cuando no crees en tu voz, repite la de otros. Y cuando no te atreves a equivocarte, te condenas a no aprender nunca nada nuevo.